Año II - Viernes, 3 de septiembre de 2010Reducir el tamaño del textoRestaurar el tamaño del textoAumentar el tamaño del texto BuscarEnlaces relacionados

Hay que purgar a Totó

Madre no hay más que una... ¡Gracias a dios!

Hay que purgar a Totó es una de las últimas obras de Fedayeau. El autor francés se encargó de desenmascarar la falsa moral de su tiempo y, después de un siglo, descubrimos que las cosas no han cambiado tanto y que todos seguimos escondiendo la basura debajo de la alfombra y tirando el agua sucia por la ventana si nos encontramos en un mal momento.

Para dirigir al genial dramaturgo galo, volvemos a disfrutar de Georges Lavaudant en la cartelera española, después de la recientemente repuesta Play Strindberg. En esta ocasión también repite con Núria Espert, esta vez acompañada por Jordi Bosch y Gonzalo de Castro en una hilarante farsa que hace mofa de todos los convencionalismos sociales.

Núria Espert arreglándose las medias en un momento de la función. (Foto: Javier Naval)

Un fabricante de loza y su mujer esperan la visita de un miembro del ministerio de Defensa para un acuerdo que podría hacerles ricos. Pero la mujer no puede concentrarse. No quiere, más bien, porque está más preocupada por el ataque de estreñimiento de su pequeño, Totó, que, además, se niega a tomarse un eficaz remedio. Una purga, vamos. El "pobre" padre trata de delegar la responsabilidad sobre su señora, ésta sobre él, y los dos miran al secretario del Ministerio como una figura de autoridad que quedará en el más absoluto de los ridículos.

La obra parece respetar aquello de que sólo los niños y los locos dicen la verdad. Eran los borrachos, lo sé, pero la enfermedad que acabó con Feydeau en un psiquiátrico me permite el juego de palabras, ya que a lo largo de la breve hora y media (breve porque a penas da tiempo a pestañear y hace falta un segundo pase para apreciar todos los matices) se destruyen todos los tópicos de la sociedad. Que, además, siempre han sido los mismos, vengan en un vulgar cubo o dentro de un bonito orinal de porcelana irrompible. A no ser que se tire al suelo, claro, en ese momento se rompe.

Sólo una señora como la Espert es capaz de lucir sobre el escenario unas medias caídas, una bata de guatiné y unos bigudíes de colores y conseguir que el público preste atención a sus palabras y no a su aspecto. Y es que cada vez que la señora abre la boca sube el pan... Una mujer de carácter, como casi todas las que ha interpretado, y que vuelve a llenar por completo.

No fallan ni su marido, Bosch, ni el pobre cornudo de la función, de Castro, que, como suele ocurrir, es el último en enterarse y decidirá, sabiamente, salir de la situación por la puerta grande. Los tres mantienen una tensión dramática que rompe en forma de carcajadas el público al grito de "¡No quiero purgarme!" de Tomás Pozzi. Sin duda, la Espert ha superado el reto de meterse a estas alturas a actriz de comedia después de haber dado vida a las mayores heroínas trágicas sobre el escenario.

Y es que, en el fondo, Hay que purgar a Totó es una enorme tragedia en la que todos vivimos: la de la sociedad que se deja engañar por las apariencias y compra lo que sea, siempre que tenga buen aspecto, y esconde lo feo para que no se vea, aunque siempre acaba oliendo mal. A ver quién es el primero en purgarse.

H.

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