Año II - Miércoles, 8 de septiembre de 2010Reducir el tamaño del textoRestaurar el tamaño del textoAumentar el tamaño del texto BuscarEnlaces relacionados

Hamlet (dirección Tomaz Pandur)

Hamlet, reina

Aceptemos el juego de Pandur y Brook. Shakespeare no existió, no fue más que un personaje creado para justificar a sus criaturas. Ellas sí fueron reales. Sí hubo un príncipe en Elsinor, sí hubo una reina corrompida por un marido más joven y fogoso y un pobre Horacio al que quedó la peor condena: vivir, vivir y contarlo todo. Ya sabemos cual fue la historia, que nos ha llegado más o menos deformada por el paso del tiempo, al ir de boca a oreja. De labios de unos actores a ojos de unos espectadores ávidos por contemplar los paisajes conocidos: la sala de los espejos, la tumba del cementerio, el “morir, dormir, dormir, tal vez soñar”.

Para ellos, tal vez, el Hamlet de Pandur (casi más que del Bardo) que se puede ver en las Naves del Español se quede corto y largo. Corto porque no están todos los pasajes que se suelen considerar “esenciales”, aunque podríamos discutir sobre esencias y emociones (que de estas últimas anda sobrado el montaje) y largo porque el director esloveno ha querido descorrer la cortina y mostrarnos, a la luz de un mechero, lo que la moral victoriana nunca nos había permitido ver.

Y es que en la pieza se habla mucho de lo corrompida y viciosa que es la corte. Del libertinaje del nuevo rey. Pero ahora lo vemos gracias al inocente Horacio que, interpretado por Félix Gómez, se convierte en un personaje esencial no tanto por lo que dice sino por lo que calla, por lo que ve y comprende, siempre fiel y leal a sus amigos. Junto a él, otro testigo mudo de excepción, aunque en este caso propiciador de la tragedia, será Asier Etxeandía como el padre difunto del príncipe. El fantasma no se limita aquí a las dos apariciones preceptivas sino que marca la función de principio a fin, hasta que recupera a su reina, interpretada por Susi Sánchez, de brazos de su agonizante hermano. Muerta, eso sí.

Y quien espere que al elegir una mujer Pandur quería destacar la fragilidad de Hamlet no verá sino la ratificación de la fuerza escénica de Blanca Portillo, que domina a la perfección el complejo espacio (con pasarelas sobre el agua) desde el principio hasta el final, cuando con un suave soplo apaga las luces y da paso al oscuro y al silencio. Y es que los personajes no tienen sexo, o más bien éste no tiene por qué coincidir con el de los actores que le dan vida. Y en este caso, Portillo se convierte en la aliada perfecta del montaje para encarnar un príncipe airado, feroz, comprometido con su venganza y con el amor ya que aquí ya no se deja intuir que ama a Ofelia, sino que lo dice expresamente, ni a Laertes, a quien posiblemente considere algo más que un hermano.

El joven reparto que Pandur ha escogido tiene momentos desiguales aunque en casi cuatro horas de montaje hay momentos realmente hermosos y brillantes. En el teatro del director esloveno no sólo priman las palabras sino que la obra es un todo en el que la estética y las imágenes, lo visual, está entroncado con el mensaje y cobra una relevancia especial en momentos como la danza de los muertos o la música omnipresente de Silence, incluso cuando subraya la ausencia total de sonidos. Horacio y Hamlet leen a medias la carta que éste último escribe al naufragar y es uno de los momentos de mayor emoción de la obra, con Portillo y Gómez separados aunque emocionalmente fundidos en un abrazo.

La referencia a los símbolos místicos es frecuente, así desde el principio los miembros de la corte se ven asediados por las manzanas, símbolo del pecado y del deseo, Claudio camina con una cruz a cuestas que luego se transforma en alfombra musulmana, donde orar y tratar de purgar su crimen, aunque el usurpador del trono sabe que no es posible, remedo de Caín que ha acabado con Hamlet-Abel.  Como en Barroco, el movimiento es preciso y precioso, y en muchos momentos los actores danzan por el escenario sin bailar. En este caso, el vestuario de David Delfín ha querido aliarse con el proyecto creando una corte de Elsinor llena de aristas, dura, en blancos y negros dominantes en el que hay escasos toques de color para suavizar la tensión de la escena.

Hay piel, carne, sexo y deseo, ya que los personajes están vivos y se dejan sentir en el público, que asiste, impotente o cómplice, pálido y silencioso, como afirman en un momento. Y no se resiste a dejar caer las máscaras en un momento para recalcar la trampa implícita del teatro en la que lo que es verdad es mentira y la mentira es la única verdad. Y, aunque poco más se puede desvelar, sí advertir que, a pesar de que el entreacto es largo los fumadores deberían darse prisa en acabar su cigarro porque los fantasmas son revoltosos y no les gusta permanecer en sus tumbas.

H.

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