Año II - Viernes, 3 de septiembre de 2010Reducir el tamaño del textoRestaurar el tamaño del textoAumentar el tamaño del texto BuscarEnlaces relacionados

Roberto Álamo

Un poeta urbano sobre la lona

Las nubes de otoño que amenazan con lluvia no detienen la vida en la plaza de Lavapiés, en el centro de Madrid, auque bien pudiera ser cualquier otra parte del mundo por la heterogénea mezcla de personas que cruzan arriba y abajo la plaza. Desde una esquina, Roberto Álamo mira al mundo con sus puños en alto, no se sabe muy bien si para lanzar un golpe o para defenderse del próximo que le llegue.

Acaba de terminar un ensayo, aunque la obra lleva ya un mes en cartel y llena la sala en cada función. O quizás precisamente por eso. Faltan apenas dos horas para que comience el combate de cada tarde. Los actores se arremolinan en los camerinos y en maquillaje y peluquería. Se preparan, pasean y algunos buscan provisiones para la larga tarde de trabajo. Allí, en las entrañas del teatro, aparece Roberto Álamo recién bajado del ring.

Este actor madrileño, de ojos y manos grandes y suaves, busca la poesía en todo lo que hace, desde las fotografías que roba a amigos y desconocidos, pero siempre a personas, hasta en los golpes de Mohammed Alí, que "baila cuando pelea". También en las palabras, con las que consigue despojarse de todas esas capas que cada uno lleva encima en la comedia cotidiana y ser sólo Roberto. Unas palabras duras, agresivas, que contrastan con la ternura de sus imágenes y en las que recoge su mundo, con sus luces y sus sombras.

Mira con cierto recelo la grabadora, que registrará todo lo que diga en la próxima media hora y le da un golpecito al paquete de Malboro que ha dejado sobre la mesa. Sus manos buscan siempre algo sólido a lo que aferrarse y no para de moverse, inquieto. Sonríe poco, pero cuando lo hace se le nota sincero y cómodo, relajado, cercano. Tal vez por esa timidez que también se deja ver en su forma de hablar. Piensa cada palabra antes de decirla, en un tono bajo, casi de confidencia, muchas veces, pero deja la impresión de que después de cada sílaba está completamente seguro de lo que acaba de pronunciar.

Lleva más de tres meses preparándose para interpretar al boxeador Jose Manuel Ibar, más conocido como Urtain, y la primera palabra con la que define a su personaje es "fragilidad". A diferencia de su personaje, él no se dedica al teatro por dinero, sino por dar y recibir emociones con los espectadores. Entregar parte de sí mismo para luego recibirlo en forma de aplausos y algún abrazo. Y mejor en el teatro, donde vive con más libertad y donde puede decir lo que quiera. Siempre buscando los contrastes, la dureza y la dulzura, la ternura y la violencia, pero siempre dejando ver un resquicio de sí mismo y de la realidad que le rodea y a la que mira de frente.

 

Pregunta. ¿Cuándo decides ser Urtain?

Respuesta. Pues hace algo más de un año. Una noche, salíamos de hacer Marat-Sade, y Andrés [Lima] me dijo: "vamos a montar Urtain, ¿quieres ser Urtain? Le dije que sí y me contestó: tomamos una caña y hablamos". Así fue, muy sencillo.

“Dejas la sangre, el sufrimiento, el dolor, la vergüenza, el amor... todo ahí encima, y el público aplaude. Soy actor por eso.”

P. ¿Ha sido un cambio de registro para ti? Tú siempre has hecho personajes agresivos, pero Urtain tiene cierta fragilidad.

R. Un cambio radical. Un actor siempre está deseando que vean en él todas las emociones. La fortaleza, la fragilidad, la ternura, la brutalidad... Hasta ahora sólo había podido trabajar una parte y este personaje es un regalo porque lo puedes trabajar todo: está la brutalidad, la fuerza, la hombría, la fragilidad, la emoción, la sensibilidad, la emotividad. Urtain ha sido grande y estoy muy agradecido.

P. ¿Conocías la historia?

R. Sí, porque a mí siempre me ha gustado mucho el boxeo. Conocía más al Urtain mayor, cuando era joven y boxeaba lo veía en televisión, pero sí, conocía la historia.

P. ¿Cambia mucho el hecho de tener un referente real? Porque Urtain fue un hombre que vivió y se suicidó.

R. No es tan diferente. Cuando representas un personaje de ficción te lo tienes que inventar, está plasmado en un papel y enseguida buscas referentes, ¿a quién se parece?, ¿quién podría ser? En este caso no tienes que buscar, porque ya está ahí, sino intentar meterte en la piel de ese tipo con todo lo que encuentras: documentales, vídeos, conociendo a la familia y a amigos que vivieron con él, a colegas... para poder aplicarlo al personaje y que se vea, o al menos se intente, ver su alma en la función. Que puedas pensar, dentro del engaño maravilloso que es el teatro, "Urtain era así".

P. ¿Has tenido alguna respuesta de esa gente que le conocía?

R. Hay gente que lo conoció, muy poquita, la verdad, pero los hay. Y para mi orgullo y el de la compañía, fueron a ver la función y veían claramente a Urtain. Salvo la cara, claro, pero le veían.

P. Tampoco tenía el mismo físico, pero siempre has dicho que tú serías incapaz de ser boxeador porque es muy duro.

Álamo representa la derrota de Urtain ante la vida, tras perder todo lo que había conseguido. (Foto: Valentín Álvarez)

R. Totalmente incapaz, hay que ser un superman para ser boxeador. Me encanta el boxeo, siempre me ha encantado, porque... ya sé que suena raro, pero le veo una parte poética. Reconozco que es cruel, pero tiene poesía. Ver boxear a Mohammed Alí tiene que ver con la poesía, porque es un tipo que está bailando. Tú puedes decir jugar al tenis, jugar a fútbol, jugar al baloncesto... pero no puedes decir jugar al boxeo. Sobre el cuadrilátero la cosa es seria, no hay juego, la muerte también está danzando alrededor. Y en medio de esa muerte, esa caída, esa brutalidad, hay alguien que baila. Con unas reglas, no es una pelea callejera. Siempre me ha gustado el boxeo, sí, pero nunca podría ser boxeador.

P. Supongo que en este año te has estado preparando mucho.

R. Sí, contacté con Jerónimo García, ex boxeador y campeón de Europa, que ha preparado ya a otros actores, y empecé a entrenar con él hace unos cinco meses. Entrenábamos de lunes a viernes cuatro horas diarias hasta hoy, que sigo entrenando. Era necesario, tampoco tiene mucho mérito.

P. Volviendo al personaje, ¿por qué esa autoculpa constante? Hay una frase que repite mucho, "¿qué he hecho yo para que todo lo que hago sea tan sucio?".

R. Es algo que decía él, no es algo inventado. A mí me llama la atención que no dijera "¿qué he hecho yo para que todo lo que me hacen sea tan sucio?". Todos los amigos le abandonaron, nadie quería saber nada de él, y debió pensar "debe de ser verdad que soy malo". Al principio dice "¿soy un asesino? ¿Por qué no me habla la gente? ¿Qué le he hecho yo a la gente? Si la realidad es que a mí me han robado, a mí me han engañado, todo el mundo se ha aprovechado de mí".

P. Hay una escena especialmente dura, la del bar. Estás rodeado de gente que se está riendo, no sólo los actores sino también el público.

R. No digo que haya gente a la que le haga gracia, pero sí es normal que ante los nervios, ante la emoción, tienda a reír para relajarse. Sienten tensión por lo que ven porque es duro, y la forma de escapar es reírse.

P. Es algo que Animalario sabe hacer muy bien: buscar esa hilaridad. Por ejemplo recuerdo el personaje de Javier Gutiérrez en Alejandro y Ana, que decía "¿por cuánto quieres que te venda a mi hija?". Te reías, pero era muy triste.

R. Lo interesante de todo eso, desde mi punto de vista, es crear un texto donde te estés riendo y, con una frase, cambie y pienses "¿pero de qué me estoy riendo?" Y te quedes en silencio pensando: "aquí no me puedo reír". Eso me parece muy rico, y de Animalario me gusta eso.

P. Hay otra cosa que Urtain repite mucho durante la obra, y es que no le gusta el boxeo, que se dedica a boxear porque le da dinero. Supongo que ese no es vuestro caso, porque en este país el teatro...

“La poesía tiene algo muy privado y a la vez muy público, es la única parte donde soy yo, no hay mentira posible.”

R. ¿Si me hago rico con el teatro? No, pero el teatro tiene varias cosas por las que lo prefiero mil veces al cine o a la televisión, una de ellas es lo gratificante que es. Dejas la sangre, el sufrimiento, el dolor, la vergüenza, el amor... todo ahí encima, y la gratificación es inmediata. Lo haces y el público aplaude, y encima a la salida hay gente con los ojos llorosos que te coge la mano y te dice: "gracias, de verdad, gracias", y contestas "gracias a ti por venir" y les das un abrazo. Creo que soy actor por eso. Me he dado cuenta hace poco, pero soy actor por eso, porque se trata de dar y recibir. El cine es mucho más frío: haces una película, se estrena a los siete meses, en la Gran Vía, hay focos, cámaras, la gente no te puede decir nada, todo son gritos, entras, ves la película con nervios, sales, te vas a tu casa y punto. La televisión para qué decirte, no te conocen de nada y en la calle ya te dicen "eh, hombre, ¿cómo estás?". El teatro es totalmente diferente. "Eso que has dado, tu sangre, tu emoción, que sepas que me ha hecho reflexionar y que me ha tocado". Ese estrechar las manos y darte un abrazo es lo mejor. Y luego hay otra cuestión, que el teatro tiene una parcela de libertad gigantesca en comparación con la televisión y el cine, en teatro puedes hacer  y contar lo que te dé la gana.

P. En Alejandro y Ana hacías de tres o cuatro personajes, en Marat-Sade sólo uno, aquí tienes dos... ¿qué es más cómodo?

R. Yo prefiero tener un personaje, pero depende del proyecto. Por interesante da igual, puedes hacer cuatro personajes y profundizar en todos ellos. Ahora tengo dos personajes, uno de ellos maravilloso, con el que puedes explayarte.

P. Esa irrupción de Aita es lo que termina de mostrar la brutalidad de obra. Cuando Urtain se convierte en una especie de Atlas.

R. Como Atlas con una bola de discoteca. Es algo sucio, casi. Es bello porque la luz se refleja y hace movimientos, pero es una bola de discoteca. Tiene que ver con su etapa de circo, de luchador de lucha libre, cuando no le queda nada, todo se junta ahí.

El actor lleva ya doce años dedicado al teatro con su grupo, Animalario, responsable de la obra Urtain.

P. ¿Se os ha escapado algún correazo de verdad?

R. Aunque parezca que es un caos absoluto no lo es. Es un caos casi absoluto. Siempre tienes algo dentro que te controla, que te dice que eres tú, si no estarías loco perdido, en el psiquiátrico.

P. Por cierto, ¿qué tal fue la experiencia en el psiquiátrico?

R. Una de las experiencias más contradictorias que he tenido. Muy triste y, a la vez, muy tierna. La locura es terrible.

P. ¿Tomas conciencia de lo frágiles que somos?

R. No hace falta entrar en un psiquiátrico para eso, si tomas conciencia de tu propia fragilidad eres consciente de que el hombre es frágil. No hace falta irse a África para ver a los niños morir de hambre. Aquí y ahora, que pese a la crisis vivimos en una sociedad avanzada y desarrollada, si intentas ser consciente de que eres frágil serás consciente de que el otro también es frágil.

P. ¿Te has planteado alguna vez escribir para Animalario?

R. No, no sé escribir teatro. Yo escribo poesía, pero teatro no. Es muy difícil, no sé hacerlo.

P. Si eres capaz de contar una historia en versos, puedes contarla de cualquier forma, y en el fondo tus poemas son historias.

R. Sí, podría ser, pero tendría que hacerlo otro. Coger un poema mío y convertirlo en una historia. Yo no soy capaz de articular un guión, una respuesta, una sucesión de personajes... Además, sinceramente, me aburre hacer eso. La poesía para mí tiene algo muy privado, muy privado y a la vez muy público, es la única parte donde no hay mentira posible. Puedes decir que es una mierda, que no te gusta, que no te interesa, pero el que lo hace es sincero. En el teatro soy Aita o Urtain, con mis emociones, pero soy Urtain. En la poesía soy Roberto, y ahí sí que no hay mentira posible: no hay que engañar, no hay que hermosear, no hay que poner lo que quiere el público. En ese sentido adoro la poesía, y creo que la poesía nos ayuda a vivir.

Roberto Álamo mira a la vida siempre de frente, sea desde el escenario o desde detrás de una cámara.

P. El contraste entre tus poemas y tus fotos es muy curioso. Tu poesía es mucho más agresiva y directa que la foto, que es más tierna.

R. Acuérdate de Animalario, los contrastes están ahí. Lo intento, por lo menos. Hay cierta dureza, pero siempre hay un verso que está diciendo algo del que escribe, de mí, y quiero creer que soy un ser humano y que alguien se puede sentir implicado, que pensamos igual, somos humanos. Me gusta escribir de manera dura. Hace años, cuando escribía, medía los versos, hacía sonetos, cuidaba mucho el estilo, y me di cuenta de que no quería ni engañarme ni hermosear, sino ser claro y decir lo que siento. Y a veces lo que siento es duro. Y la fotografía me gusta porque es un complemento, está todo junto, el poema es todo, son las fotos y las palabras. Me gusta esa mezcla. Brutalidad y sensibilidad.

P. Es algo completamente intencionado.

R. Claro, de hecho una foto bruta no me interesa demasiado. Pero no quiero embellecerla, la quiero tal como es.

P. ¿Y tus compañeros cómo llevan que estés mariposeando con la cámara? ¿Se ponen nerviosos, se esconden, te ignoran...?

R. En este montaje no he podido porque no tenía tiempo, siendo el protagonista tenía demasiadas escenas. No podía pensar, entre todos los ensayos, en ir todos los días con la cámara disparando, porque es mucho trabajo. De hecho lo que habéis visto [en su blog] son pocas, unas 40 fotos, en total tengo alrededor de 5000.

P. Supongo que es más fácil cuando la mayoría de ellos son actores.

R. No, los actores también son seres humanos. Generalmente no posan, y cuando posan es para hacer una gracia. Ellos están ahí, y cuando sucede algo o veo una expresión en una cara que me dice algo, disparo. Da igual que sean actores, les fotografío porque es el ámbito en el que estoy, pero cuando no estoy en el teatro o voy de vacaciones fotografío a otras personas. A mi novia, por ejemplo.

P. Siempre a gente.

R. Siempre a gente. Soy incapaz de hacerle una fotografía a un monumento o a un árbol. Me puede gustar, pero soy incapaz. Tiene que haber siempre algo humano, aunque sea la sombra de una persona. Siempre. Si no, me parece muy frío.

P. Volviendo a Animalario, vuestras obras siempre tienen un tema controvertido en la base. En este caso son dos temas tabú: el boxeo y el suicidio. Hay un texto precioso de uno de los periodistas, que dice que antes el suicidio era por honor y ahora es por fracaso.

R. Ese texto está ahí metido porque el periodista es el único de sus amigos que intenta, en la obra, detener y calmar a Urtain. Está bien que diga al principio que diga esto intentando buscar respuestas a por qué lo ha hecho, y no como los demás que no hacen nada, sólo decir obviedades. No está buscando la carnaza, está buscando el por qué de este hombre.

H.

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